Al desnudo

CIUDAD DE MÉXICO.- Cuando baja la marea descubrimos quién no trae el traje de baño, dice el columnista de The New York Times Tom Friedman. Las crisis son como ese mar que se retira, revelando la playa a su paso. Y he allí México desnudo, sin cobertura, sin sombrero, sin pareo, sin algo puesto para nadir en aguas agrestes. Este momento tumultuoso nos planta de frente ante el mundo y nosotros mismos. Un país que no ha logrado reformarse, modernizarse, fortalecerse lo suficiente como para resistir la amenaza de muros y telefonazos y más tormentas por venir. Un país desnudo. Un país enfermo. Porque no puede clasificarse de otra manera una nación que permite la sustitución de quimioterapia por agua para niños con cáncer en Veracruz.

México, víctima de un sistema de salud pública en el que importa más el enriquecimiento personal que el bienestar nacional. En el que la prioridad es ascender y no curar. El gobierno comprando pruebas sin autorización sanitaria para la detección del VIH. El gobierno reconociendo que medicamentos comprados por toneladas ya caducaron. El gobierno finalmente admitiendo la emergencia epidemiológica por obesidad y diabetes, después de una política pública que fracasó para combatirlas. La sociedad civil protesta -y con razón- ante el gasolinazo, ante Trump, ante los escándalos casi cotidianos de corrupción. Pero a lo largo del país algo aún más grave ocurre. Mexicanos están muriendo, pero no por balas sino por negligencia. No por confrontaciones con los cárteles, sino por conflictos de interés entre las autoridades sanitarias y las industrias que deberían regular.

Y en lugar de claridad, serenidad y responsabilidad vemos una guerra de palabras entre autoridades a distinto nivel. El secretario de Salud contra el gobernador de Veracruz. La Cofepris negando medicamentos falsificados pero exhibiendo medicamentos caducados. La salud de miles de niños puesta en juego por personas más preocupadas por un cálculo electoral o un daño reputacional. Preguntas urgentes, sin respuestas satisfactorias: ¿Quién vigila la tasa de supervivencia de los niños supuestamente afectados por medicamentos falsificados o agua destilada? ¿Cómo se comparan los niños tratados en Veracruz con los menores en otros estados? ¿Dado que son medicamentos de patente, alguien le ha preguntado a la industria correspondiente si en efecto fueron vendidos a Veracruz? ¿Por qué José Narro, el secretario de Salud, niega mucho pero explica poco? ¿Por qué permitimos que la salud sea usada como bandera política? ¿Quién nos arrebató el traje de baño y nos dejó sin protector solar?

Este año llegamos a casi 100 mil muertes prematuras por diabetes y obesidad. Por el consumo de refrescos y azúcares y alimentos chatarra. Por autoridades coludidas con industrias que los producen. Luego de tres años desperdiciados desde el lanzamiento de la Estrategia Nacional Para la Prevención y el Control del Sobrepeso, la Obesidad y la Diabetes. Muy pocos avances, muchas ganancias. Muchas campañas de información, muy poca comprensión sobre lo etiquetado en los productos industrializados. Porque en el fondo, el problema es político. La salud, como tantos otros ámbitos, ha sido corrompida por la cooptación. Por la forma en que las grandes industrias ponen a su servicio a los pequeños funcionarios. Funcionarios que han permitido y solapado y encubierto lo que realmente pasa con el VIH y el Zika y la obesidad y la diabetes y los medicamentos caducos y los tratamientos falsos. Funcionarios que ignoran los lineamientos de la OMS, cuando contravienen los intereses de empresas para las cuales en realidad trabajan.

Autoridades de salud como el subsecretario de Prevención y Promoción Pablo Kuri, peón de la industria de comida chatarra, la industria refresquera, la industria farmacéutica. Kuri, el que ahora aspira a dirigir -con la protección y promoción de Narro- el Instituto Nacional de Salud Pública. Para desde allí pervertir la Encuesta Nacional de Salud, una de las pocas investigaciones independientes sobre un sector poco transparente. Para desde allí restarle independencia y credibilidad a una institución que se precia de ambas. Momento entonces de exigir que frente la desnudez nacional, el sector salud haga lo que le toca. Proteger. Cuidar. Prevenir. Sanar. Ponerle el traje de baño a nuestros niños para que naden con vigor en vez de morir por cáncer o diabetes.

Resistol 5000

CIUDAD DE MÉXICO.- Llamados a la unión. Llamados al patriotismo. Llamados a apoyar a Enrique Peña Nieto en estos tiempos turbulentos que Donald Trump ha desatado. Ya emergen los emblemas patrióticos, las banderas izadas, los ánimos encendidos por doquier. El clamor a unir filas al cual magnates y monopolistas se suman, en un esfuerzo por fortalecer la posición del país dado que el gobierno no logra hacerlo. Conferencias de prensa y discursos y pronunciamientos que buscan “Make Mexico Great Again” a base del nacionalismo. A base de palabras bonitas con las cuales enfrentar realidades feas. La realidad de un TLC amenazado, una relación bilateral agriada, un vecino enloquecido. El sueño que fue norteamérica llegando a su fin. El “Mexit” obligado, ocurriendo sin que podamos evitarlo.

Todo ello -al parecer- por culpa de Trump. Al que hay que criticar no sólo por sus políticas sino por su temperamento. Al que habrá que denunciar y confrontar día tras día, decisión equívoca tras decisión equívoca. Partiendo de la premisa de que la “normalización” y el apaciguamiento no funcionarán para detener a un narcisista patológico que ha puesto en peligro a su país y al mundo. No habrá domesticación posible; no habrá negociación posible. Cada una de sus acciones en los primeros días de su presidencia lo constata. He allí a un personaje oscuro, divisivo, vengativo. He allí los probables resultados: una crisis constitucional, una sociedad estadounidense confrontada, un resquebrajamiento de alianzas internacionales. Una posible destitución del cargo.

Y habrá que prepararse para la incertidumbre que viene con temple, con paciencia, con visión. Habrá que reunir a las mejores mentes de México y sentarlas a la mesa, porque la coyuntura es tanto o más grave como lo fue 1994. En ese momento, la inestabilidad llevó a la unidad. La polarización llevó a la negociación. Atrás quedaron las rencillas partidistas y las peleas por el poder. Importó más salvar a México que luchar por gobernarlo. Al borde del precipicio surgieron los pactos fundacionales que hicieron posible la transición democrática. Hoy las circunstancias son más apremiantes, más amenazantes. El peligro es mayor y la clase política es peor.

Son tiempos de definiciones y de pruebas. Tiempos de descubrir quién es un patriota y quién es un oportunista. Porque hay propuestas sobre qué hacer ante Trump, muchas de ellas inteligentes y valiosas. Darle cuerda suficiente para que se cuelgue solo, mientras México busca otros mercados, otros tratados, otros socios. Permitir que Estados Unidos se salga del TLC y regirnos por las reglas de la OMC. Negar la colaboración en seguridad y combate al narcotráfico a cambio de lo que realmente queremos preservar en nuestra relación comercial. Pero qué hacer transita por el tipo de país que queremos ser.

El que se une en torno a un modelo de desarrollo económico abocado a crecer, competir, educar, transparentar y democratizar. O el que en aras de la unidad, recrea el patrón histórico que nos coloca en una posición desfavorable, siempre. El modelo mexicano basado en la extracción por encima de la inclusión, el rentismo por encima de la innovación, la cuatitud que se reparte el pastel en vez de hacerlo más grande. La corrupción que corroe todo lo que toca, consumiendo 9 por ciento del PIB. He allí los verdaderos muros, colocados por Slim y sus monopolios; edificados por Videgaray y su casa en Malinalco; construidos por el capitalismo de cuates y los partidos políticos que se nutren de él. Ese muro mental que lleva al Presidente a obtener apoyo ante Trump, y perderlo proveyéndole empleo a Virgilio Andrade.

Entonces habrá que impulsar la unidad, pero en torno al México que los golpes nos obligarán a crear. Unidad para exigir la transparencia en el gasto público luego del gasolinazo. Unidad alrededor de la reducción en el financiamiento público a los partidos. Unidad acerca del combate a la corrupción. Unidad para un Estado de Derecho que no incluya a Fiscales Carnales o procuradores a modo. Unidad y apoyo a una clase política dispuesta a reformarse a sí misma y no empeñada en protegerse a sí misma. Para ese México debe haber Resistol 5000, debe haber pegamento. Porque Donald Trump nos patea y nos humilla, pero podremos resistir si actuamos como patriotas verdaderos. Aquellos que defienden a su país de extraños enemigos, y también de malos gobiernos.

Taquería Trump

CIUDAD DE MÉXICO.- Quienes marchamos en Washington el sábado lo sospechamos, los percibimos, lo tememos. La sensación colectiva de algo venturoso que termina y algo amenazante que comienza. Donald Trump presidente, y el mundo como lo conocíamos cede el lugar a la incertidumbre. A la angustia. Al aislacionismo y al proteccionismo y al racismo. Al peso en caída libre y al muro por venir. Porque yo soy de las que creen, como señala el historiador Timothy Snyder, que hay que creerle al autócrata.

Hay que tomar en serio lo que tuitea, y lo que proclama y lo que promete. Y entender que la democracia liberal en Estados Unidos así como en otras latitudes se encuentra bajo acecho. Nuestra generación, que aplaudió la caída del muro de Berlín y el arribo de Obama, ahora enfrentará lo impensable. No el fin de la historia, sino el regreso de la historia. No el triunfo de la democracia, sino la vuelta de quienes no creen en ella.

En Rusia. En Francia. En Alemania. En Polonia. En Hungría. A lo largo de Europa donde la derecha xenófoba va ganando elecciones y cercenando derechos y erigiendo barreras y cerrando mentes. De pronto, la OTAN en juego. El liderazgo de Angela Merkel amenazado. Putin jugando a la intervención y a la desestabilización geopolítica en Siria para acabar con la democracia liberal en Europa. Ese “nuevo orden mundial” que trajo consigo el fin de la Guerra Fría, ahora desdibujándose ante nuestros ojos. La idea fundacional del progreso como motor de la historia, que desembocaría felizmente en gobiernos electos, la promoción de garantías individuales, la creación de sistemas capitalistas. Esa era -con el triunfo de Trump y sus implicaciones- parece estar llegando a su fin. Y en su lugar, brotan en todas partes esos regímenes que Fareed Zakaria bautizara como “democracias iliberales”.

Gobiernos democráticamente electos que no creen en la garantías individuales ni en los contrapesos ni en la tolerancia ni en la diversidad ni en las instituciones representativas. Gobiernos como el que acaba de ganar en Estados Unidos. Gobiernos producto de los problemas que la democracia liberal no logró resolver, como argumenta Jennifer Welsh en The Return of History. La desigualdad creciente.

El crecimiento económico languideciente. La inmigración desbordada. Los refugiados sin país que recorren Europa, buscándolo. Todo ello parte de una tendencia global caracterizada por la “recesión democrática”: democracias de baja calidad, corroídas por la corrupción, responsables de nuevas formas de persecución a sus adversarios y opresión a sus minorías. Lo impactante de los últimos meses ha sido presenciar el regreso del iliberalismo al lugar que históricamente ha sido su antítesis. Estados Unidos hoy, involucionando, regresando a ese país polarizado, confrontado, dividido, que fue durante la Guerra Civil. Estados Unidos bajo Trump, normalizando el nacionalismo y la xenofobia y la retórica de la rabia.

Trump como arquetipo de aquello que asola de manera creciente y ahora a su país. El populismo de “nosotros el pueblo” contra las “élites” insensibles. La idea de que él representa una victoria para “la gente real, común, decente”. La noción de que él enarbola los intereses de la clase trabajadora, ignorada por las élites educadas y rapaces. Esa es la narrativa que ha vendido, esa es la historia que ha contado. Un cuento de muros indispensables y mexicanos malos y chinos amenazantes y americanos aislacionistas. Una caricatura de republicanos redentores y demócratas desalmados, de “hechos alternativos” versus medios deshonestos. Y en el ápice del poder un narcisista patológico, que solo busca usar a su país como un espejo que lo refleje al doble de su tamaño.

Ahora, para entender a Estados Unidos habrá que dejar de pensar en su “excepcionalismo”; dejar de creer que los mejores ángeles de la República salvarán a los peores demonios del Trumpismo. Con él y el fenómeno que ha desatado, nuestro vecino se va a Mexicanizar. La cuatitud se va a mimetizar. Con Trump la corrupción presidencial va a ser aceptable, el capitalismo de cuates va a ser promovido, la desacreditación de los medios va a ser costumbre, la vulgarización de la investidura presidencial va a ser cotidiana. En la Oficina Oval ya no habrá un hombre pensante sino un bufón delirante. Y Trump construirá un muro para protegerse de México, cuando en realidad lo que hará es emularlo.

Zona zombi

CIUDAD DE MÉXICO.- Muertos en vida. Cuerpos caminantes que parecen seres vivientes pero no lo son. Así actúa el presidente, así se comporta su gabinete. Como si hubieran sido víctimas de un evento catastrófico, una dosis de radiación, un virus. Como si hubieran padecido un fenómeno surreal que los ha transformado de seres sensibles en autómatas ininteligibles. Caminando por los pasillos del poder, anonadados; dando conferencias de prensa, catatónicos; proveyendo explicaciones que ni ellos mismos creen. Que el gasolinazo traerá beneficios a las familias y sin él los programas sociales se acabarían. Que la gallina de los huevos de oro se secó y ni modo. Que la medida es dolorosa pero impostergable por la irresponsabilidad de gobiernos pasados. Palabras y acciones que no parecen producto del razonamiento sino del vudú. Posicionamientos de una administración que no gobierna. Delira.

Una y otra vez, como los personajes de La Isla Mágica, o The Walking Dead, o La Noche de los Muertos en Vida. Zombis presentados en la página o la pantalla como descerebrados, desalmados, letárgicos, en coma, actuando bajo la consigna de una fuerza maligna, superior. Y en este caso, aquello que los impulsa a comportarse así es la corrupción. Los miembros del equipo de Peña Nieto resultaron ser más corruptos que inteligentes. Más acostumbrados a esconder que a rendir cuentas. Más inhumanos que mexicanos. Argumentando que “mantener el subsidio a la gasolina hubiera implicado recortes a programas sociales”, cuando el análisis de Animal Político ha demostrado que no es así.

El supuesto recorte -equivalente a 200 mil millones de pesos- no necesariamente involucraría a programas sociales; hay muchos otros gastos que eliminar antes. 126 mil millones de pesos en publicidad y comunicación social. “Remuneraciones extraordinarias”. Compensaciones por “vida cara” y operaciones encubiertas o confidenciales. Los 8 mil 447 millones de financiamiento público a los partidos. Los 4 millones 400 mil pesos a una licitación para el mantenimiento y reparación a 121 vehículos que la Cámara de Diputados tiene a su disposición. Gastos superfluos. Gastos innecesarios. Gastos que ya de cualquier manera reducen lo que debería ir a escuelas y hospitales, pero acaba en moches o bonos. Argumentos tramposos que solo evidencian a zombis insultando nuestra inteligencia, degullendo nuestro cerebro. Porque la gallina de los huevos de oro no se secó; la secaron. La gallina no murió de causas naturales; la devoraron. Gobiernos panistas y priistas. Corporativos y clientelares. Petrolizados y populistas. Pasándonos la cuenta por los excesos del gasto, avalados por una SHCP que hoy regaña a los ciudadanos por la irresponsabilidad de los políticos.

Para que el gobierno vuelva a la vida será necesario que haga más de lo que ha prometido, más de lo que ha anunciado. De nada servirán los “pactos” y los “recortes” y la “austeridad” si la corrupción sigue corroyendo todo lo que toca, si la impunidad continúa intacta. Si no se investigan los casos de sobornos -vía Odebrecht y otras empresas- presuntamente relacionados con Pemex. Si no se sanciona a dueños de establecimientos que venden gasolina robada. Si la intimidación de Trump se contesta de forma tan poco eficaz, ahuyentando la inversión en vez de retenerla. Si la PGR sigue alargando o posponiendo la investigación necesaria a ex gobernadores como Humberto Moreira. Si el ejército de zombis en el Congreso y los órganos autónomos y los gobiernos estatales siguen gastando como lo hacen, contratando deuda como lo hacen, otorgando concesiones como lo hacen.

Resucitar a los muertos en vida para que logren gobernar durante dos años más requerirá exigir acciones inmediatas de política pública. Un Consejo Fiscal que vigile cuánto y dónde gasta el gobierno, como lo ha propuesto México Evalúa. Un plan claro que vincule el impuesto que acompaña al gasolinazo a objetivos específicos. La adopción de energías limpias. La expansión de infraestructura. La inversión en transporte público. El gasto del Estado canalizado a donde realmente debería ir. De lo contrario, eso que los zombis arrebatan en cada gasolinera irá a una bolsa cuyo contenido malgastan. De lo contrario, habrá impuestos sin beneficios. Y un país saqueado por zombis sin alma que se mantienen en el poder gracias a la nigromancia que practican y no por el buen gobierno que garantizan.